El Brexit, qué es y qué consecuencias tendrá (1ª parte)

Nuestro interés al publicar artículos sobre economía, no es otro que mostrar una visión desde el respeto a la discrepancia, de manera comprensible y amena, a ser posible proponiendo soluciones.
Este trabajo, como dice el título, tendrá como objetivo explicar el Brexit y sus consecuencias, la primera parte desde una perspectiva fría, sin ninguna afectación ideológica o política. La segunda, en cambio, mostrará las posibles consecuencias políticas y laborales, pero siempre intentando mantener la imparcialidad.

Para explicar el por qué del Brexit, primero tendremos que retroceder en la historia de la UE, cómo y por qué nació. Y también entender que el ciudadano medio británico tiene una visión muy distinta a la del ciudadano medio europeo, sobre cómo se debe gestionar su economía y la política en general. El ciudadano medio británico es más liberal que el europeo, no acepta de buen grado las normativas impuestas por políticos que no ha escogido; y es, sin embargo, mucho más exigente con los suyos, a los que demanda más responsabilidad y gestión, al contrario de lo que sucede en el resto de Europa. En este contexto es comprensible que el ciudadano medio británico se muestre reacio a ceder soberanía a unos extranjeros que se han demostrado poco consecuentes en la gestión y excesivamente centralistas, y que parte de sus impuestos sirva para financiar países donde impera el descontrol y la corrupción.

Historia
Tras la segunda guerra mundial, Francia, Italia, Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Alemania, firmaron el tratado de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA). Este tratado, firmado en 1951 y promovido principalmente por los franceses, debía servir para regular el precio del carbón y del acero, eliminando además las barreras arancelarias con respecto a estos productos. El principal objetivo de este tratado, al igual de todos los que le siguieron, era evitar los constantes conflictos por la propiedad de los recursos de la Alsacia y de la Lorena, que podían desembocar en más enfrentamientos armados.
En 1957 los mismos países fundaron en Roma la Comunidad Económica Europea, que eliminaba definitivamente todas las barreras arancelarias entre los países miembros, y serviría para crear una política agraria común. Con la nueva CEE en realidad se había formado una gran y poderosa unión económica. La desaparición de las aduanas había convertido, de facto, una amalgama de países que antes se disputaban territorios y mercados, en uno poderoso, solidario e influyente. En 1973 entraron en el tratado el reino Unido, Irlanda y Dinamarca, en 1981 le tocó a Grecia, en 1986 a Portugal y España, y en 1990 y tras la reunificación alemana, la CEE se había convertido en una gran potencia industrial y económica, y en el principal socio comercial de la mayoría de los países del mundo.
En 1992 se firmó el tratado de Mastrich, que hacía realidad el antiguo sueño de muchos ciudadanos europeos, la Unión Europea como una gran nación de naciones. El tratado comprometía a todos los países a regular y unificar la política exterior, la educativa, la sanidad, el medio ambiente y la ciencia; y se formaba un pacto de cooperación policial y judicial. La antigua Comunidad Económica Europea ya no solo era económica sino también política, por lo cual pasó a llamarse Unión Europea.

Antes hemos explicado que en 1973 había entrado el Reino Unido, pero con grandes contratiempos. De hecho los británicos ya habían intentado dinamitar los primeros pasos de la Unión, pero al disminuir ostensiblemente su comercio con la Comonwealt y haber aumentado el intercambio con el resto de Europa, habían quedado en inferioridad de condiciones. Al trabajar con aranceles, las empresas británicas no podían competir de igual a igual con las europeas, que fabricaban productos muy parecidos; mientras que los productos agrícolas europeos, muy necesarios para el Reino Unido, llegaban al consumidor británico a un precio demasiado elevado. Aunque con reticencia, finalmente los británicos pidieron entablar negociaciones para su integración, pero se encontraron con el bloqueo de Francia, que con razón había intuido un interés exclusivamente mercantilista, pasajero y poco sincero. De hecho el mismo presidente francés acusó a los británicos de ser un Caballo de Troya de los norteamericanos. Al año siguiente de su entrada los británicos ya estaban demostrando lo acertado de la posición francesa, al exigir una renegociación más favorable a sus intereses. Con la entrada de Margaret Thatcher como primer ministro, la UE entra en una crisis que dura cinco años, que termina al ceder el resto de socios a las pretensiones británicas. En 1992, el Reino Unido consigue un formato especial para seguir en ella, quedando fuera de muchas normas y obligaciones de la UE, pero manteniendo en parte la capacidad de interferir en las mismas.
En el 2015 la parálisis económica europea se hace patente con las crisis financieras y de corrupción de los países mediterráneos, y el primer ministro Cameron exige, para seguir en la Unión, el control sobre la entrada de inmigrantes comunitarios, pero paralelamente y tras una campaña antieuropea, promete un referéndum en el 2017 en el que inesperadamente vencen los euroescépticos.
Con la perspectiva histórica podríamos insinuar, aunque no asegurar, que el brexit empezó a fraguarse al año siguiente de la entrada del Reino Unido en la CEE, y que el presidente de Gaulle, que había estado vetando su entrada, acertó de lleno cuando dijo que el Reino Unido no podía entrar en una Europa fuerte y unida, que la abandonaría en el momento de no poder sacarle más rendimiento o al verse incapaz de seguir boicoteándola.

Previsibles efectos comerciales del brexit
A nivel económico, en el Reino Unido la afectación será inmediata. De hecho ya se nota una caída de las inversiones por la falta de confianza de sus todavía socios comerciales, de la China y del Japón. El consumo se ha retraído y la inflación ha aumentado debido a la caída de la libra.
Algunas grandes empresas japonesas han advertido que marcharán si finalmente el Reino Unido abandona el mercado único.
Indudablemente volverá a surgir el problema de las importaciones y exportaciones que provocó su entrada en la CEE. Los productos europeos se encarecerán sensiblemente y el Reino Unido buscará esos productos en otros mercados, mientras que los británicos se encarecerán para el resto de los europeos.
Sin duda el brexit perjudicará a las dos economías, pero no por igual, ya que el resto de Europa puede, con relativa facilidad, trasladar muchas de sus empresas al continente o simplemente producir lo que adquiere en el Reino Unido, pero no así en sentido contrario, ya que el Reino Unido es importador de productos europeos muy necesarios para su consumo, que no pueden ser producidos en el país o difícilmente en terceros. No obstante no podemos obviar la capacidad de recuperación de los británicos, cuya economía es, quizá, la menos dependiente de toda la Unión con respecto a sus socios.

En el 2015 el Reino Unido exportó a la UE por valor de 133.365 millones de euros e importó 218.667, por lo cual la balanza comercial es netamente positiva para el resto de la Unión. Además, desde el 2008 las exportaciones a terceros países ha pasado del 45% al 56%, debido posiblemente al crecimiento del mercado asiático y a la parálisis europea. En el mismo período el reino Unido había exportado 171.544 millones de euros fuera de la Unión, es decir 38.179 millones más que en el interior, de los cuales 30.352 corresponden a Alemania, por lo que la afectación comercial no debería ser tan importante y en principio podría ser absorbida con cierta facilidad. También hemos de entender que los aranceles entre el Reino Unido y Europa no podrán superar lo estipulado por la OMC, que ya son bajos de por sí, o en algunos casos casi inexistentes. No obstante y en relación al caso alemán, no podemos obviar la importancia de las inversiones alemanas en el Reino Unido, principalmente en la rama más tecnológica y de la automoción. Un abandono del mercado único podría desencadenar el traslado de las fábricas alemanas a países más afines y de dentro de la Unión.

Lo más lógico es que el Reino Unido aumente su relación comercial con los EEUU y la India, dos gigantes sin tantos lazos comerciales con la vieja Europa como cabría imaginar, además de aprovecharse de los ya existentes con el resto de la Comonwealt.
Con esas cifras y dependiendo de cómo se gestiona el país, podemos intuir que el brexit podría comportar un serio deterioro de la economía británica a corto plazo con respecto al comercio, el financiamiento de su deuda y la solidez de su moneda, además de un aumento de su ya excesivo déficit comercial. A medio plazo y también dependiendo de su gestión, la economía británica podría recuperarse y hasta avanzar a la del resto de Europa. Recordemos que el Reino Unido es uno de los países con mayor grado de competitividad del mundo, que curiosamente ha subido este año en curso, contradiciendo la opinión de todos los expertos. Sin embargo, con una mala gestión es posible que disminuya considerablemente su grado de competitividad, debido principalmente al encarecimiento de los componentes para su industria y de las materias primas llegadas de Europa, y de los países con tratados de libre comercio con la UE.
Uno de los peores lastres que sin duda tendrá que afrontar es su déficit comercial, que en el 2016 llegó a los 204.885,3 millones de euros, el 8,56% de su PIB. Para que nos hagamos una idea, el déficit español durante el mismo período, que tanto preocupa a nuestros economistas, fue de 18.916,9 millones de euros, el 1,69% del PIB.

Con respecto al resto de la Unión, a corto plazo el brexit comportará una importante pérdida económica y comercial, aunque como hemos podido apreciar, no tan grave como en el Reino Unido. A medio plazo la Unión Europea podrá resarcirse de la pérdida incluso con beneficios.
Con la posible pérdida de una parte del mercado británico y ya sin su condicionante político, previsiblemente la Unión buscará nuevos socios comerciales en el este, negociando el final del bloqueo y un acuerdo comercial sin restricciones con Rusia, que cerraría definitivamente el círculo europeo, asegurando una paz definitiva entre todas las naciones del continente.
Pero todo esto dependerá de los gestores que escojamos y, sobre todo, del contexto político internacional.

A todo esto lo más probable es que la UE y el Reino Unido firmen un acuerdo de libre comercio, que dejaría sin efecto cualquier traba comercial descrita anteriormente, por lo cual el brexit solo podría, con respecto al comercio, beneficiar al Reino Unido, que se vería libre para negociar tratados que eliminen los aranceles con la India y los países del Extremo Oriente.

Aportaciones del Reino Unido a Europa
Durante el 2016 Reino Unido aportó 11.342 millones de euros a la UE, mientras que recibió 6.945 millones. Es decir, aportó 4.397 millones netos, que tendrán que ser sufragados por el resto de socios.
Aparentemente esta cantidad no debería preocuparnos, 4.397 millones de euros no es una cantidad significativa para un presupuesto como el de la Unión, sin embargo, cualitativamente afectará bastante al resto de países, principalmente a los receptores. Por ejemplo, sin las aportaciones del reino Unido, España en el 2015 en cambio de recibir 305 millones habría aportado 55. Con ser una cifra importante, esos 4.397 millones no son nada en comparación a los beneficios de la Citty con el resto de la Unión, o, por si solo, el sobrecoste aduanero que representará su abandono.

El gráfico que hemos encontrado al respecto es complejo de entender, no obstante explica perfectamente las cuentas de la UE y lo que representa el famoso cheque británico.

La Europa del conocimiento
Uno de los talones de Aquiles del brexit y del que nadie habla o al menos nosotros no hemos escuchado ni leído, podría ser el parcial desmoronamiento de la industria del conocimiento británica, que depende en gran medida de las inversiones del resto de la Unión.
Desde un principio el Reino Unido se convirtió en el mayor receptor de inversiones europeas a la investigación, no solo por parte del mismo gobierno de la Unión sino de multitud de empresas. Esta industria ha estado absorbiendo buena parte de la excelencia europea. El Reino Unido ha sido el país que más investigadores europeos ha acogido, principalmente jóvenes doctores o becados por la misma Unión, y con ellos muchos otros de terceros países.
Muchas de estas empresas han asegurado que marcharán del país, y como aviso ya han dejado de invertir y algunas están empezando a trasladar parte de sus instalaciones. Incluso España, proverbial por su rechazo a la investigación, ha empezado a beneficiarse de este modelo de empresa.
Si una gran corporación europea de la aeronáutica y de la industria aeroespacial financiada por la UE, que fabrica parte de los motores en el Reino Unido, pierde la confianza, lo más normal es que en la medida que pueda vaya trasladando esta industria al continente, principalmente y en mayor medida o con carácter de urgencia, las empresas que diseñan y crean los motores del futuro. Si una gran corporación de la automoción alemana fabrica unos modelos en el Reino Unido, con sus talleres de investigación y de diseño, que además recibe ayudas por parte de la UE, lo más probable es que primero traslade todo su sistema de diseño, innovación e investigación, y poco a poco deje de invertir en las fábricas.

El brexit financiero
Otro de los talones de Aquiles es la City.
Londres, o lo que llamamos City, es la capital financiera de Europa, el pragmatismo de su legislación, el idioma, su situación dentro de los husos horarios, que abarca desde Tokio a Los Angeles, y la infraestructura o entramado de empresas internacionales y de servicios creado a su alrededor, hacen complicado el traspaso de los negocios financieros a otras ciudades de Europa. Sin embargo, no podemos obviar la vieja aspiración francesa de limitar o eliminar los paraísos fiscales, defendidos a ultranza por el Reino Unido, y también de evitar los movimientos especulativos que alteran el valor de las monedas, implementando un impuesto sobre las transacciones financieras, la misma Tasa Tobin , o la Directiva del Parlamento Europeo para controlar a los gestores de fondos de inversión alternativos (GFIA). Como tampoco la firme voluntad alemana de sustituir a la City. Sin lugar a dudas su alternativa sería potenciar un nuevo centro financiero europeo, seguramente en Frankfurt, desde el mismo Consejo o del Parlamento.
Alemania puede adoptar con relativa facilidad el pragmatismo británico. Con las nuevas tecnologías y la elasticidad horaria los husos horarios ya no son un problema; en cuanto al inglés, actualmente este idioma ha dejado de ser propiedad de los países anglosajones, y es difícil encontrar un lugar en el mundo donde no se negocie a través de él.
En cualquier caso, a partir de ahora el resto de países europeos ya no necesitará la aquiescencia del Reino Unido para aprobar e implementar este tipo de regulaciones.

Nosotros creemos que, tal como existe el IVA como impuesto en las transacciones comerciales, que finalmente termina gravando la plusvalía de cada una de ellas hasta el consumidor final, también debería existir en las transacciones financieras, principalmente las que especulan con las monedas. De este modo se limitarían radicalmente, además de gravar el beneficio obtenido de cada una de esas transacciones.

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