La necesidad de un nuevo contrato social

Impresora 3D construyendo una casa

La nueva revolución digital ha cambiado por completo el modelo de relación entre los trabajadores y las empresas, así como la funcionalidad de los sindicatos, que han visto como su influencia se ha ido reduciendo al mismo tiempo que su capacidad de negociación. Las grandes empresas que contrataban miles de trabajadores han desaparecido o se han convertido en multinacionales, con unas decenas o centenares de trabajadores en cada país.
Hoy leemos más que nunca, sin necesidad de movernos de la butaca de nuestra casa o de comprar un libro. Podemos adquirir el que nos venga en gana sin pisar una tienda, escoger y visualizar una película entre mil sin ir al cine; o enviar correos al otro lado del mundo con solo estrechar un botón y sin necesidad de poner un sello, ni utilizar una logística que ocupaba a decenas de miles de trabajadores. Y pronto podremos fabricar nuestros muebles y casas a medida, mediante una impresora 3D, a veces sin necesidad de encargarlos por la red, otras diseñando mediante unas plantillas y enviando el modelo a una empresa de servicios.
Esta nueva revolución, diferente de todas las que hasta ahora hemos vivido, solo podrá llevarse a cabo de una manera razonable con un nuevo pacto social. Hasta ahora esta nueva revolución tecnológica solo ha servido para crear más paro y desesperación, mucha más pobreza y desigualdad social. El hecho de que globalmente haya disminuido la pobreza, no tiene nada que ver con la irrupción de las nuevas tecnologías. La hambre y la pobreza severa han disminuido simplemente por la globalización.
Los estados han fracasado en su intento de solucionar el problema con sistemas económicos novecentistas, basados en un falso liberalismo. Si durante la revolución industrial los estados intensificaban las ayudas para promover la ocupación, facilitando el crecimiento y el aumento de las actividades fabriles, desde la tercera mitad del pasado siglo el esfuerzo lo concentraron en lo que hipócritamente se ha dado a conocer como “reconversión industrial”. Es decir, ofreciendo importantes subsidios al gran industrial para reducir considerablemente la mano de obra, o facilitándole un régimen laboral adecuado para llevarlo a cabo, esperando que sea el trabajador o el mismo mercado quien absorba el sobrante, a la vista está que con escaso o ningún éxito.

Generalmente las grandes revoluciones económicas de la historia han servido para crear riqueza y ampliar tanto la capacidad del mercado, como la entrada al sistema productivo de nuevos productores y consumidores. Y este fenómeno se ha ido repitiendo hasta la edad de oro de la revolución industrial, cuyo declive empezó muy entrada la segunda mitad del pasado siglo, cuando una nueva etapa empezó a despuntar bajo el nombre de Revolución Tecnológica, a la cual pronto rebautizaríamos como Digital.
Por primera vez a la historia de la humanidad, una revolución económica destruye más puestos de trabajo de los cuales genera por sí misma. Al principio muchos economistas creyeron que la mano de obra sobrante sería absorbida fácilmente por los servicios que ella misma promovería, sin necesidad de ninguna ayuda; sin embargo, algunos ya dieron la voz de alarma sobre la gran destrucción que ocasionaba, y que sería imposible de absorber sin cambiar la manera que nos relacionamos económicamente. Lo que nadie podía prever es que la misma revolución tecnológica también afectaría el sector de servicios tan dramáticamente, es decir destruyendo no sólo los puestos de trabajo sino también la industria que los podía crear. El periodismo, la publicidad, el autoservicio y la tienda virtual, son buenos ejemplos. Por ejemplo, cualquiera podría pensar que el crecimiento del parque automovilístico aumentaría el número de gasolineras, pero no fue así, los automóviles consumían menos y las gasolineras instalaron autoservicios con más surtidores y menos empleados.
Los parados en su desesperación buscaron soluciones autónomas, creando multitud de pequeñas industrias sin apoyo técnico ni burocrático, sin ayudas financieras y con desventaja enfrente una gran industria, que para competir contra ellos recibe la colaboración fiscal del mismo estado. Autónomos que inventaron nuevos oficios para sobrevivir a la nueva situación, con salarios que casi bordean la pobreza, y a expensas de pagar grandes impuestos en proporción al beneficio recibido. Curiosamente estos autónomos tienen que mantener el Estado que precisamente los ha arruinado.

En otro artículo llamábamos la atención sobre una paradoja. A mediados de 1983 la jornada laboral española pasó de las 42 a las 40 horas semanales, pese la presión de la banca y de la CEOE, que preveían una importante caída de la productividad. De hecho la jornada de 8 horas ya se hacía en multitud de empresas por sus convenios colectivos, en tiendas y pequeñas industrias. El Estado, igual que la iglesia, suele ir a remolque de la sociedad a la cual tendría que servir.
En 1983 la revolución tecnológica apenas empezaba a expandirse y la robótica a entrar en la gran industria, aunque despacio; mientras que la digital empezaba a hacer su aparición con los primeros PCs para uso de la media y gran empresa. No olvidemos que entonces un PC podía costar 6.000 €, lo cual vendría a ser unos 40.000 de ahora, y con muy poca capacidad de gestión. Era mucho más caro un PC, que mantener al trabajador que en principio tendría que suplir.
Si en 1983, con una productividad mucho menor (se habla de más de diez veces), y con productos de uso cotidiano que hoy conseguimos digitalmente, se pudo reducir la jornada a 40 horas semanales, es obvio que en el 2017, en plena revolución digital y con el aumento de la productividad que comporta, la jornada de 30 horas semanales ya tendría que estar superada.
Se trata de trabajar menos para ganar lo mismo o más. Es decir, que podamos adquirir los bienes que nuestra capacidad productiva merece, salvo que tengamos que mantener una sociedad que ya ha perdido su capacidad productiva, es decir pensionistas o personas que su discapacidad no les permite ser productivas.
¿Y hasta qué punto estas personas pueden absorber tanta capacidad productiva para no poder reducir su jornada de trabajo?
La respuesta está por un lado en la desocupación y por otro en la ocupación poco productiva. El hecho que exista desocupación u ocupación poco productiva significa que el productivo está sobreexplotado.

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