El crecimiento y la inmigración

Una parte importante de la población, a la cual le podemos sumar bastantes políticos de la derecha y unos cuantos de la izquierda, mantiene la creencia que la inmigración es negativa para la sociedad de acogida, disminuye sus recursos y hace que aumente el paro.
Por supuesto, en una sociedad mal gestionada, la inmigración podría reducir los recursos y provocar un aumento de la inflación, aunque tenemos que reconocer que no sin cierta dificultad. El paro ya es otra cosa.
Para poder explicar el fenómeno económico de la inmigración, entendemos que nuestro lector da por sentado que un ser humano no arriesga su vida cruzando el mar en una balsa o andando días enteros por el desierto, para acabar asaltando una verja coronada de espinos, sólo para delinquir. De hecho las estadísticas de la policía muestran que la tasa de criminalidad entre los inmigrantes de primera generación, es mucho menor que la de los nativos de la sociedad de acogida.
La inmigración es producto de la desesperanza de las personas, en una sociedad incapaz de ofrecer un futuro sin miseria. Las personas que huyen de esta sociedad, para encontrar una manera de sobrevivir con dignidad, suelen ser las que más obstinación ponen en el trabajo y más agradecidas están con las sociedades que las han acogido. Por lo cual tenemos que entender que el inmigrante es un individuo potencialmente productivo y con interés de serlo, y con una media de edad ideal para ello, que ya ha pasado la edad de consumo de recursos para convertirse en adulto. El inmigrante además adquirirá o mejorará su adiestramiento productivo, parcial o totalmente, a través de su trabajo, es decir produciendo. El inmigrante es, por tanto, el elemento productivo con menor coste y más plusvalía para cualquier sociedad de acogida.

Hemos de reconocer que carecemos de datos sobre este tema, puesto que no conocemos ninguna sociedad que, después de la irrupción de decenas o centenares de miles de refugiados correctamente gestionada, haya disminuido su nivel de vida y la cantidad de recursos, y aumentado el paro. En todo caso la experiencia demuestra el contrario, las sociedades de acogida suelen enriquecerse con la llegada de inmigrantes o de refugiados, provocando también una disminución del paro entre la población nativa. No hace falta ir muy lejos para encontrar buenos ejemplos, todos conocemos el resultado de las grandes inmigraciones en los EE.UU., y el norte de Europa, es decir los países europeos mejor gestionados y con más entrada de inmigrantes.
Un magnífico y detallado estudio de la National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine, en su división de Estadísticas Nacionales, demostró la gran aportación de la inmigración a la fiscalidad norteamericana a los últimos años.

La inmigración a gran escala conduce, necesariamente, a un esfuerzo de gestión por parte de la sociedad de acogida, que de por si conlleva un aumento de la riqueza. Sin embargo, ella misma ya es capaz de crearla por sí sola, aunque sea reciclando los productos de deshecho y vendiéndolos, limpiando, haciendo pequeños transportes, ocupando los puestos de trabajo que el nativo suele rehusar, etc. Cualquier trabajo se convierte en productivo para la persona que lo hace y para la sociedad que lo acoge. Los inmigrantes se convierten de este modo en productores y consumistas, entrando rápidamente al sistema económico de la sociedad de acogida.

Todos los estudios empíricos basados en los grandes flujos migratorios ocurridos en nuestra historia moderna, demuestran que la inmigración provoca un aumento de la productividad, es decir mayores salarios y bajada de precios de los productos de consumo. En caso de que la sociedad receptora tienda al envejecimiento, los beneficios son más evidentes y a corto plazo, puesto que a través de la inmigración se garantiza su rejuvenecimiento y la entrada de recursos al Estado, que sirven para mantener a la sociedad nativa envejecida.
El mismo estudio antes citado demuestra que sólo los inmigrantes de segunda generación ven afectado su poder adquisitivo, debido a la competencia que representa la irrupción de más emigrantes, puesto que estos tienden a ocupar sus puestos de trabajo a cambio de menos salario. Son estos inmigrantes de segunda generación, los que podrían entrar a la desesperanza, el abandono de los estudios y la entrada al mundo de la delincuencia. Se trata, pues, de saber gestionar este tipo de ciudadano e integrarlo por completo en la sociedad de acogida, sea facilitando su aprendizaje o implantando un sistema de subvenciones para las rentas más bajas, sean o no de nativos. Los desórdenes de noviembre del 2005 en París, fueron producto de la desesperanza de los hijos y de los nietos de inmigrantes, que viven acorralados en verdaderos guetos urbanos y sin ningún futuro.

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