Sobre la Economía, 6ª parte (Bretton Woods)

En el mes de julio de 1944, 44 países fueron convocados a una reunión en Bretton Woods, para la firma del acuerdo que marcaría un nuevo orden económico mundial. España no fue aceptada hasta septiembre de 1958, catorce años después, mientras que el bloque comunista no lo firmó.
Bretton Woods fue el ariete de la gran recuperación económica del occidente desarrollado y el estancamiento del subdesarrollado, y la herramienta para mantener estable la economía mundial. El acuerdo fue negociado por los dos grandes economistas de su tiempo, Harry D. White y John M. Keynes. Por desgracia la parte norteamericana, White, impuso su criterio, favorable a corto plazo por los EE.UU., por encima de la británica, Keynes, que buscaba el equilibrio absoluto sin importar el potencial de cada país. Esta, podríamos decir, es la explicación oficial y formal; sin embargo, tenemos que tener en cuenta que el acuerdo estuvo fundamentado en las ideas de Keynes.

Como el lector puede observar, no hemos tenido en cuenta a Friedrich Hayek. Hayek era el reverso de la moneda, muy de moda a partir de medios de los setenta y principios de los ochenta. Tal como a Keynes, de manera excesivamente simplista, se le podría tratar como padre de la recuperación económica; a Hayek se lo podría acusar de provocar la ruina de la Alemania de entreguerras y, por lo tanto, padre de la segunda gran guerra, y ahora, que nadie lo dude, de ser el culpable de la gran recesión del 2008. Hayek, pese su brillante inteligencia y capacidad de análisis, para nosotros ha sido una calamidad de economista. A nuestro modo de ver sus premisas sólo funcionan sobre el papel o en una sociedad perfecta.

Pero volviendo al acuerdo, que si bien tenemos que reconocer su bondad para la economía mundial, nunca sabremos qué habría pasado de vencer la propuesta de Keynes en todos sus puntos. La experiencia y lo acontecido durante estos años nos pueden dibujar la senda de lo que podría haber sido, siempre contando con los mismos incidentes que fueron marcando esta etapa, primero la guerra de Corea y después la del Vietnam. Pero tampoco sabemos si hubieran existido estas dos contiendas, o, al menos, con tanto ensañamiento.
Ustedes me dirán que estamos hablando de economía, no de política y de conflictos armados; sin embargo, es indudable que la política económica se refleja en las guerras, suele desencadenarlas y es alterada por su desenlace.

El primer y más grave error fue dejar fuera de la organización de la conferencia al bloque comunista -de esto podríamos culpar principalmente a Keynes-, tan diferente del resto, que había demostrado mucha más eficiencia frente a los desequilibrios económicos del sistema capitalista imperante hasta 1935. La Gran Recesión no había afectado la economía soviética, de manera que los economistas y los políticos de este gran Estado no sintieron ninguna necesidad de apuntarse a un carro absolutamente diferente del suyo. No olvidemos que después de la guerra, el bloque soviético tuvo que empezar desde cero, con un país absolutamente desolado, con el doce por ciento de su población desaparecida y millones de inválidos, mientras que el bloque occidental recibió la ayuda de los EE.UU., que habían salido indemnes de la guerra, y con la América Latina, gran productora de alimentos y materias primeras. Sin embargo, sólo cinco años más tarde el bloque soviético ya se había convertido en una potencia industrial y tecnológica, mejorando en algunas cosas al bloque occidental, con un sistema sanitario y educativo superiores, sin necesidad de explotar colonias o el tercer mundo. El bloque soviético se mantuvo por encima del occidental, hasta que la carencia de libre competencia lo empezó a asfixiar.

La propuesta de Keynes consistía a crear una nueva moneda internacional, el «bancor», que sería emitida por el International Clearing Union, en realidad un banco mundial financiado por los países con excedentes para compensar a los deficitarios. En poco tiempo esta moneda habría terminado convirtiéndose en divisa internacional, quizás por eso no gustó a los norteamericanos, que prefirieron mantener la preponderancia del dólar, con el oro como patrón.
Una moneda única, sólo dependiente de los países excedentarios y utilizada para garantizar el comercio y el crecimiento mundial, seguramente habría terminado con todas las guerras de base económica, aunque no así las ideológicas.
Hasta qué punto es justo este sistema?
Los países más desarrollados, al estar obligados a financiar con sus excedentes a los deudores, promoverían el consumo y, por lo tanto, un mayor control y la necesidad de buscar, en ellos, bienes para compensar su gasto, es decir inversión, su industrialización y la creación de fuentes de riqueza.

Keynes anteponía la ocupación al aumento de la inflación. Con el sistema de Keynes también se controlaba la inflación, con un procedimiento de emisión y de retorno, pero al generar ocupación inevitablemente su precio sube y, de retruque, el de los productos acabados. En este caso el aumento de la inflación se perpetúa, pero creando riqueza.
El obsesivo control de la inflación, añadido a un mal entendido liberalismo, además provoca paro y caídas del precio laboral, es decir más beneficio a corto para las empresas y más pobreza para el trabajador, que al no consumir acaba afectando a las primeras. El prejuicio es doble, puesto que la bajada de salarios y de impuestos, con una globalización bajo estas premisas, desmotivan la inversión para modernizar las empresas y automatizar las cadenas productivas.
Pretender conseguir mayor riqueza con más paro, inseguridad y salarios bajos, es una estupidez, además contraria al bien común, el objetivo último de la economía.
La riqueza se mide por el nivel de ocupación y de satisfacción ciudadana, no por el estado de cuentas de las empresas, de los estados y de las corporaciones.

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