Sobre la Economia 5ª parte (Desocupación Tecnológica)

En una sociedad imperfecta y pésimamente gobernada el paro es inevitable. La repetida cantinela de la desocupación tecnológica es la excusa de los gobernantes impotentes, recorrida desde tiempos inmemoriales cuando no existían ni la informática ni la robótica.
Cierto, la tecnología reduce los costes de producción o aumenta significativamente esa misma producción, provocando un imponente excedente de mano de obra, paro y pobreza, y, por tanto, menos consumo y todavía más pobreza, pero solo en las sociedades que no han sabido administrar para el bien común la repentina pero previsible irrupción de la tecnología.

Curiosamente algunas sociedades de hace más de dos mil años ya se preocupaban por este problema. Los adelantos tecnológicos destruían ocupación o liberaban del trabajo a muchos ciudadanos, mientras que una mejor alimentación e higiene consiguieron aumentar la esperanza de vida, provocando importantes revueltas y cambios sociales. En el siglo XVI, Colbert, ministro de Luís XIV, trataba a los inventores de máquinas enemigos de los trabajadores. Se opuso a la introducción de máquinas en la industria privada, aunque cínicamente favoreció su introducción en las empresas públicas, con el objetivo de ganar una ventaja sobre las demás.

Cómo hemos podido caer en esta trampa?
Lo primero que nos preguntamos es por qué los economistas y gobernantes de la década de los ochenta no lo previeron, cuando gente mucho más simple ya lo veía venir.
Los economistas de la época, en su mayoría además, creyeron estúpidamente que el mismo sistema crearía nuevas industrias y fuentes de riqueza. Estaban convencidos que la misma tecnología crearía nuevos puestos de trabajo (muchos de ellos todavía siguen aferrados a esta idea). Y durante los primeros años pareció que tuvieran razón. En las empresas más adalides o desarrolladas, las nuevas tecnologías creaban tanta riqueza como paro, que era absorbido por otras industrias que crecían en su entorno. Pero todo tiene un fin, el crecimiento perpetuo solo es posible con una buena coordinación y regulación económica, nunca con un liberalismo desenfrenado, que, contrariamente a lo que se piensa, tiende al desequilibrio.

Estos economistas no hicieron caso a Keynes, se supone que por prejuicios tan personales como intelectuales, que ya en 1930, en una conferencia titulada «Las posibilidades económicas de nuestros nietos», curiosamente en la Residencia de Estudiantes de Madrid, dijo:
«Estamos siendo atacados por una nueva enfermedad, de la cual algunos lectores tal vez no han escuchado el nombre, pero de la cual escucharán a gran escala en el futuro -la desocupación tecnológica-»
Paradójicamente la desocupación tecnológica ha afectado más a las empresas o industrias menos avanzadas tecnológicamente, que a las más avanzadas. Estas últimas, al no poder competir con las primeras, tuvieron que despedir parte de sus plantillas, exigiendo más productividad y horas laborales a los trabajadores que habían podido o querido mantener en sus lugares.
Keynes estaba seguro que la sociedad gracias a su inteligencia superaría positivamente la crisis. Incluso se atrevió a predecir las horas que se trabajarían, tres al día, y la fecha aproximada, el 2030. Keynes no previó la segunda gran guerra, que atrasaría diez años o quizás más, a la sociedad; de manera que podemos aplazar su predicción entre el 2040 y el 2050.
Evidentemente Keynes pecó de optimismo. La mayoría de los actuales economistas siguen dando la espalda, tanto a él como a la realidad, se supone que por estar sujetos a unos políticos y unas corporaciones que no permiten la inteligencia, salvo que les sea favorable.

Recuerdo que de pequeño mi padre trabajaba toda la semana excepto los domingos. En aquellos días mi horario de escuela era de lunes a sábado, con la excepción que los sábados por la tarde había clase de canto. Tiempo después, también coincidiendo con mi padre, el fin de semana pasó a ser de un día y medio. Y ya de adolescente, tanto él cómo yo pasamos a disfrutar los dos días. Con esto quiero decir que en relativamente pocos años, seguramente diez, mi padre pasó de trabajar de 48 a 40 horas semanales. También recuerdo que me comentaba cómo había sido su juventud, trabajando de aprendiz a los catorce años, en un almacén de puntas y bordados. Calculo que mi padre pasó a trabajar las 40 horas cuando yo tendría diecisiete o dieciocho años, ahora tengo sesenta y cuatro y durante todos estos años he vivido los comienzos de la revolución tecnológica más grande y rápida de la humanidad; sin embargo, el horario legal sigue siendo de 40 horas semanales, que la generación de mi padre consiguió hace cuarenta y seis años, legal porque sé de muchos trabajadores, incluso funcionarios, que, de una u otra manera, acaban haciendo más.
A los veinticuatro años monté mi primera empresa de confección, con nueve trabajadores fijos y la tecnología más avanzada del momento, aparte de alguna innovación propia. Impuse las 35 horas semanales. El resto de colegas me dijo que estaba loco, que no aguantaría. La empresa no sólo aguantó sino que demostró ser la más productiva. Estamos hablando de 1976.
El 4 de abril de 1919, el ministro Conde de Romanones firmó el decreto de las 48 horas semanales, después de una larga huelga que prácticamente paralizó toda Barcelona, producto de la revolución industrial y la producción en cadena. Según este decreto las 48 horas tenían que dividirse entre los seis días laborables de la semana, aunque muchas empresas, gracias a la casi destrucción de la CNT, no lo obedecieron.
Ha pasado 97 años desde entonces, cuando las fábricas se movían a vapor o por las corrientes fluviales, con mecanismos casi artesanales y de finales del siglo IXX. La productividad ha aumentado centenares a veces, mientras miles de millones de personas han entrado en la cadena de producción industrial; sin embargo, seguimos trabajando 40 horas semanales, esto en el mejor de los casos.

Cómo podemos afrontar el problema?
Dejando de lado teorías, como la Economía del muy Común, que pueden paliar los defectos del sistema o mejorar la situación actual, pero que no sirven para resolverla, ahora mismo sólo hay dos alternativas. La primera y más conocida es la Renta Básica Universal, es decir que la sociedad aporte un salario mínimo, el mismo para todos, por habitante y sin necesidad de trabajar. Este salario, se supone, no tendría que ser embargable, ni siquiera por deudas al mismo Estado, en caso contrario perdería su efectividad y razón de ser. La segunda y menos conocida es el Trabajo Garantizado, que trata que la misma sociedad disponga de una bolsa de trabajo para todo aquel que se ve incapaz de conseguirlo.
Cómo antes hemos explicado, en una sociedad perfecta ninguna de las dos alternativas tendría que ser necesaria.
Para nosotros, la primera necesita mucha solidez sociológica, aparte de ser muy injusta con las personas que, por una u otra razón, no pueden trabajar. Aritméticamente es posible, pero siempre contando con un sobrante económico que, sin duda, iría menguando por si mismo. La lluvia de dinero nunca ha funcionado, a no ser en circunstancias extremas y durante un cortísimo periodo de tiempo. La renta básica no promueve el progreso y puede acabar provocando depresión e inflación.
El trabajo garantizado, aun no siendo ninguna panacea, puesto que promueve puestos de trabajo con poca plusvalía, no sólo produce riqueza, aunque sea a través de trabajos de apoyo social o, incluso, de ayuda a sociedades deprimidas, sino que serviría para reducir drásticamente el horario de trabajo.
Tres horas al día?, cuatro quizás…? No lo sabemos, en todo caso mejor hablar por semana, es decir de 15 a 20 horas repartidas en pocos días. Evidentemente no es la mejor solución, pero si la que más en una sociedad tan imperfecta.

Ustedes me dirán que es imposible, que es un sueño. Y yo los dique que o esto o el desastre.

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